























Desgreñadas, densas y deliciosamente suaves: las alfombras shaggy tienen un pelo suelto que a menudo alcanza de tres a cinco centímetros. Invitan a sentarse en el suelo, a hundir los pies o a jugar con los niños. Nacieron en los setenta y hoy vuelven a ser favoritas en muchas casas.
A diferencia de otras alfombras de pelo largo, las shaggy tienen fibras especialmente largas y a menudo algo retorcidas, que parecen flecos sueltos. Suelen ser de poliéster o polipropileno, fáciles de cuidar y con colores intensos. También existen en lana, de tacto más natural, y versiones con un brillo sutil gracias a la viscosa. Como el pelo largo atrapa polvo y migas, es menos adecuado para el comedor y encaja mejor en salones y dormitorios.
Lucen más en estancias tranquilas. Una shaggy en crudo en el dormitorio, con ropa de cama de lino y muebles de madera, crea un ambiente relajado. En el salón, un modelo en topo o gris enmarca con suavidad el sofá y la mesa de centro. Un consejo: elige muebles de patas finas para que la alfombra no los aplaste visualmente y combínala con materiales lisos como el metal o el cristal.
En el precio cuentan la calidad de la fibra, la densidad y el tamaño. Las shaggy económicas de fibra sintética sirven para probar, y las más densas o de lana cuestan más, pero se apelmazan menos. Una densidad alta mantiene las fibras erguidas.
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