























La lana es una de las pocas fibras que con los años se ve más bonita, y las alfombras de lana lo demuestran especialmente bien. Resultan cálidas y vivas al tacto, ayudan a regular el ambiente porque absorben y liberan humedad, y aportan una profundidad natural a cualquier color.
El abanico va desde bereberes de pelo alto, suave y denso, pasando por modelos tufting hechos a mano con dibujos en relieve, hasta kilims de tejido plano y clásicos anudados a mano. La lana de Nueva Zelanda se considera especialmente fina y brillante, y la lana bereber es más robusta y suele dejarse en tonos naturales como crudo, gris o marrón. También son habituales las mezclas con viscosa o seda, que añaden un brillo sutil.
Como la lana no retiene la suciedad con facilidad, perdona bastante en el día a día, siempre que las manchas se sequen pronto a toquecitos en lugar de frotar. Al principio una alfombra nueva suelta algo de pelusa, algo que pasa con el aspirado regular. Para un ambiente cálido y sereno, combina una bereber en crudo con muebles de nogal y cojines de lino en tono arena. En espacios con mucho gris, un modelo con cuadros discretos o líneas finas añade estructura sin alzar la voz.
Determinan el precio el origen de la lana, la técnica de anudado o tejido, la altura del pelo y el tamaño. Las piezas anudadas a mano son mucho más laboriosas que las tufting o las tejidas a máquina. Revisa el porcentaje de lana, porque no toda alfombra con lana en su composición está hecha mayoritariamente de esta fibra.
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