























Cuando el suelo ya está ocupado, queda la pared. Las vitrinas de pared aprovechan precisamente ese espacio y llevan el cristal, la luz y los objetos bonitos a la altura de la mirada. Resultan más ligeras que un armario grande y son perfectas para pisos pequeños, cocinas abiertas al salón o como complemento sobre un aparador.
La mayoría mide entre 60 y 120 centímetros de ancho y tiene poca profundidad, de unos 25 a 35 centímetros. Hay modelos con una o dos puertas de cristal, con trampillas abatibles, acristalados por todos los lados o con trasera de madera. Algunos pueden montarse tanto en horizontal como en vertical. Fíjate bien en el tipo de pared: en tabiques de pladur necesitarás tacos especiales, y la capacidad de carga del anclaje debe corresponder al peso de tus copas o libros.
Las vitrinas de pared suelen trabajar en equipo con otros muebles. Una vitrina en la misma madera que el aparador de debajo transmite calma y coherencia, mientras que un modelo con marco de metal negro crea un contraste sutil sobre paredes claras. Colócala de modo que su borde inferior quede unos 40 a 50 centímetros por encima del mueble inferior. En su interior lucen especialmente copas, teteras o una pequeña colección de libros con una luz LED discreta.
Lo que cuesta una vitrina colgante depende del material, el cristal, los herrajes y el tamaño. La madera maciza, el vidrio biselado, las bisagras con amortiguación y las luces integradas son más caros que los modelos básicos de tablero con metacrilato.
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