























Una silla colgante es como una hamaca en la que te sientas erguido: te sostiene con suavidad, flotas un poco sobre el suelo y aun así puedes leer, tomar un té o charlar. Las sillas colgantes ocupan menos espacio que una hamaca tumbada y aportan una ligereza juguetona al jardín, la terraza, el balcón e incluso el salón.
Hay distintas construcciones. Las de tela con barra separadora son ligeras y se adaptan al cuerpo. Las de forma de cesta, de ratán natural o sintético, a menudo en forma de huevo o de gota, parecen un pequeño nido. Las que tienen soporte propio no necesitan gancho en el techo ni en una rama y se colocan donde quieras. Lo esencial es un anclaje seguro con capacidad de carga suficiente; si la cuelgas del techo, comprueba primero que lo soporte. Un giratorio permite que la silla rote con suavidad.
El macramé y el algodón trenzado dan un aire bohemio que luce especialmente con plantas y madera natural. El ratán, natural o sintético, aporta textura y calidez; los soportes metálicos en negro, un tono más moderno. Un cojín grueso en crudo o arena hace la silla colgante más acogedora, y un segundo cojín pequeño apoya la espalda. En interior queda mejor en un rincón tranquilo junto a la ventana.
El precio depende del material, el soporte, el acolchado y la carga máxima. Las de tela sencillas son económicas; los modelos de ratán con pie macizo se sitúan bastante más arriba.
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