























Balancearte suavemente entre dos árboles, con las hojas susurrando encima y la luz filtrándose entre las ramas: las hamacas son pura desconexión. Traen la sensación de vacaciones a tu propio jardín e invitan a pausas que duran más de lo previsto.
La clásica hamaca de tela de algodón te envuelve como un capullo. Las de barras llevan varillas de madera en los extremos que tensan la tela y facilitan subir y bajar. Las de red son frescas y secan rápido. Si no tienes árboles adecuados, elige una hamaca con soporte de madera o metal, que se coloca libremente sobre el césped o la terraza. Para sentarte erguido ocupando menos espacio existen las sillas colgantes, que se cuelgan de un gancho, una rama o un pie propio. Fíjate siempre en la carga máxima indicada y en una sujeción segura.
Las fibras naturales como el algodón son suaves al tacto, pero más sensibles a la humedad. Los tejidos de exterior de poliéster u olefina resisten la intemperie y no pierden color. Las rayas de colores resultan alegres y caribeñas; los tonos naturales, tranquilos y elegantes. Un consejo: deja un cojín y una manta fina en la hamaca y coloca al lado una mesita auxiliar; tendrás el rincón de lectura perfecto. Un soporte de alerce encaja con especial armonía en jardines muy verdes.
Los precios dependen del material, el tamaño, la carga máxima y el soporte. Las hamacas sencillas de tela son económicas; los modelos con soporte de madera maciza o de telas tejidas a mano cuestan más.
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