























Al volver a casa, el manojo de llaves ya no aterriza en cualquier parte, sino en un cuenco plano de cerámica sobre la cómoda de la entrada. Los cuencos decorativos son objetos maravillosamente sencillos que reúnen, ordenan y exhiben, y que incluso vacíos siguen siendo bonitos. Por eso aparecen en casi cualquier casa decorada con cariño.
Usos hay muchos. Los cuencos grandes sostienen la fruta en la mesa del comedor o las piñas en invierno. Los pequeños, junto al lavabo, guardan los anillos, y en la mesilla reúnen horquillas o pendientes. Los cuencos con pie recuerdan a los antiguos fruteros y dan altura a una composición. Los modelos más hondos son perfectos para popurrí, castañas o flores secas.
El material cambia el efecto de forma evidente. La cerámica torneada a mano con esmalte irregular resulta viva y cálida, mientras que el mármol y el travertino aportan calma y peso. El olivo o la teca muestran una veta preciosa, y el latón y el cobre atrapan la luz y desarrollan pátina con el tiempo. El vidrio ahumado pone un acento moderno y algo misterioso. Consejo de estilo: coloca un cuenco a cierta distancia de un jarrón alto, así surge un contraste interesante entre anchura y altura.
Material, tamaño, técnica de fabricación y diseño determinan el precio. Los cuencos sencillos de vidrio o aglomerado cuestan poco, mientras que las piezas sopladas, modeladas a mano o talladas en un bloque de piedra alcanzan cifras más altas. Los diseños de autor de firmas conocidas también se pagan.
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