























En la escalera de la entrada, entre cojines en el balcón o como isla de luz sobre el aparador: los farolillos llevan la luz de las velas allí donde una llama al aire se apagaría enseguida. Unen protección y ambiente, y resultan acogedores tanto dentro como fuera.
Hay farolillos de muchos tamaños, desde los pequeños de mesa hasta los grandes de suelo, que alcanzan casi medio metro de altura. Las formas típicas son las estructuras cuadradas con cristales, los modelos redondos con tejadillo en cúpula, los farolillos de inspiración marroquí con calados y los de madera de estilo nórdico. Muchos tienen asa o argolla para colgarlos, y algunos funcionan con velas LED o energía solar.
El material depende del lugar. Para exterior conviene el metal galvanizado, el acero inoxidable, el acero con recubrimiento en polvo o una madera resistente a la intemperie como la acacia. En interior puedes optar por algo más delicado: latón, ratán o madera teñida en tono oscuro. Los farolillos lucen especialmente en grupo, por ejemplo tres tamaños del mismo modelo escalonados en una escalera. En otoño puedes llenar la base con musgo, piñas o calabacitas, y en verano con arena clara y conchas.
Los precios dependen del tamaño, el grosor del material, el acristalamiento y el acabado. Los farolillos ligeros de metal son económicos, y los modelos robustos con cristal auténtico, bisagras bien hechas y superficie inoxidable cuestan más. Una puerta que cierre bien y unas aberturas de ventilación son señal de buena calidad.
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