























Un farol huracán sobre la mesa del jardín mantiene la llama tranquila aunque la brisa de la tarde se cuele entre los setos. En el salón, en cambio, convierte una sola vela en un cuerpo luminoso. Los faroles huracán son tan prácticos como evocadores.
A diferencia del farolillo, el farol huracán suele estar abierto por arriba y es casi siempre de vidrio. Los hay en forma de cilindro sencillo, de copa abombada sobre pie, con base de madera o metal, de cerámica calada o en vidrio de color ámbar, verde o gris ahumado. Los tamaños van desde el pequeño vaso para vela de té hasta los altos faroles de suelo para velas de pilar.
El vidrio define el efecto: el transparente deja que la llama se luzca libre, el estriado o martelé fragmenta la luz en dibujos y el tintado baña la estancia en tonos cálidos. El vidrio soplado a boca presenta pequeñas irregularidades que le dan vida. Idea decorativa: rellena el fondo de un farol grande con arena, granos de café o sal gruesa y coloca dentro una vela de pilar. En invierno quedan bien unas ramas de abeto y canela en rama alrededor, y en verano rodajas de limón y romero.
El precio lo determinan la calidad del vidrio, el tamaño, el tipo de fabricación y el material de la base. El vidrio prensado es económico, y las piezas sopladas a boca o de pared gruesa con pie macizo de madera o latón cuestan más. Comprueba que haya suficiente distancia entre la llama y el borde del cristal.
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