























Revisar el look antes de una cita, de la cabeza a los pies y sin ponerte de puntillas: eso es justo lo que permiten los espejos de pie. Además, son grandes captadores de luz que dan profundidad al dormitorio, al vestidor o a la entrada, y casi funcionan como una ventana más.
Existen dos tipos básicos. Los espejos para apoyar son grandes y esbeltos y se dejan reposar con naturalidad contra la pared, idealmente sujetos con un sistema antivuelco. Los espejos de pie independientes tienen patas, estructura o peana y pueden colocarse en cualquier punto de la habitación; algunos se inclinan o giran. Las versiones con balda, joyero oculto tras el cristal o colgadores combinan espejo y almacenaje.
Un marco fino de metal negro resulta gráfico y atemporal, mientras que el roble o el nogal aportan calidez al dormitorio. Las formas en arco, con el remate superior redondeado, son una alternativa elegante al rectángulo de siempre. Una idea de estilo: apoya un espejo grande en una esquina junto a una silla con una manta caída con descuido y añade al lado un jarrón de suelo con gramíneas. El resultado es espontáneo y muy acogedor. En pisos pequeños merece la pena situarlo frente a la ventana.
El precio depende del tamaño, el grosor del cristal, el material del marco y la estabilidad. Los espejos ligeros con marco de plástico son económicos, mientras que los de madera maciza o metal con cristal de seguridad y lámina antiastillas cuestan más. Una base firme es importante, sobre todo si hay niños o mascotas en casa.
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