























La almohada es lo que más cerca está de tu cara cada noche. No es raro, por tanto, que muchas personas cambien la funda más a menudo que el resto de la ropa de cama. Las fundas de almohada son, además, una forma maravillosamente sencilla de renovar la cama sin comprar un juego completo.
En las camas españolas lo habitual es la almohada larga, con fundas de 90, 135 o 150 centímetros según el ancho de la cama, aunque cada vez gustan más las almohadas individuales cuadradas o rectangulares, de unos 50 x 75 o 65 x 65 centímetros. Fíjate en el cierre: la solapa interior sujeta bien la almohada, la cremallera es práctica y una tapeta de botones aporta un encanto nostálgico. Algunas fundas llevan un volante plano alrededor que da a la almohada una silueta más elegante.
Las fundas de seda se consideran especialmente delicadas con la piel y el pelo, porque generan poco roce. El satén y el percal de algodón son los todoterreno, y el lino resulta relajado y fresco en verano. La franela ayuda a dormirse con calor en invierno. Al decorar puedes jugar con las fundas: coloca detrás dos almohadas grandes con fundas claras y delante dos más pequeñas en un tono de contraste, y tendrás una cama digna de revista.
Los precios varían según el material y la medida. Las fundas sencillas de algodón son asequibles, y la seda y el lino puro cuestan bastante más. Detalles como bordados, vivos o cierres de calidad también cuentan. En packs de dos, cada unidad suele salir mejor.
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