























Un puf invita a subir los pies, a sentarse a la altura de los niños o simplemente a acomodarse cerca del suelo. Estos asientos blandos y casi siempre redondos aportan un aire relajado al salón y nunca resultan rígidos.
A diferencia de los taburetes clásicos, los pufs no tienen estructura visible. En su interior hay un relleno firme, como espuma, perlas de poliestireno o fibras textiles recicladas, envuelto en una funda. Los hay planos como cojines de suelo, altos como tambores o con formas ligeramente cuadradas. Si también vas a usarlo como asiento, fíjate en que el relleno mantenga la forma para que no se hunda a las pocas semanas.
La funda define su personalidad. Los pufs de punto de algodón o lana resultan acogedores y combinan con estancias con mucha madera. Los pufs marroquíes de piel con pespuntes decorativos aportan calidez y envejecen con pátina. El yute y la fibra de junco realzan el look natural, y el terciopelo suma un tono suave en óxido o verde salvia. Queda precioso un puf junto a un sillón de color parecido pero distinta textura: así ganas profundidad sin crear desorden.
El coste depende del material de la funda, del relleno y del trabajo manual. La piel auténtica y la lana tejida a mano son más caras que los tejidos fabricados a máquina. Una funda desenfundable y lavable resulta práctica, sobre todo con niños o mascotas.
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