























Por la mañana la luz cae en diagonal sobre el tablero, al lado hay una taza de té y la lista de tareas parece de pronto asumible. Los escritorios son mucho más que superficies de trabajo: influyen en lo concentrado que estás y en las ganas con que te sientas a trabajar o a crear.
El abanico es amplio. Los modelos estrechos de unos 50 centímetros de fondo encajan en huecos y en paredes del salón, los escritorios clásicos de 70 a 80 centímetros dejan sitio para monitor y papeles. Los escritorios de esquina aprovechan ángulos con su forma en L, los escritorios para ordenador integran bandejas y pasacables, y los escritorios secretos esconden la zona de trabajo tras una tapa abatible. Para los más pequeños hay escritorios infantiles regulables que crecen con ellos, y para reuniones de equipo, mesas de conferencias.
Un escritorio de roble macizo transmite calidad y perdona pequeños arañazos, porque se puede lijar. Las superficies lacadas en blanco o en tonos pastel aportan frescura y ligereza, la chapa de nogal da una calidez elegante. Las patas metálicas añaden detalles sutiles. Consejo de estilo: un flexo con pantalla de tela, una pequeña planta y una bandeja para los bolígrafos bastan para que la superficie resulte acogedora sin recargarse.
En el precio cuentan el material, la calidad de los cajones, la estabilidad y la tecnología. Los modelos sencillos de tablero decorativo son económicos, mientras que los de madera maciza con uniones de cola de milano o las estructuras eléctricas regulables en altura pertenecen a gamas superiores.
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