























El nombre ya revela el principio: en los edredones acolchados, la tela superior y la inferior se unen mediante costuras, de modo que el relleno se queda en compartimentos independientes. Parece un detalle, pero en el día a día marca una gran diferencia. Nada se desplaza hacia los pies, no aparecen zonas frías y el edredón te cubre de forma uniforme noche tras noche.
Los pespuntes siguen distintos patrones. El acolchado en cuadros une las telas directamente y da un edredón más plano y ligero, ideal para los meses cálidos o para quien suda con facilidad. El acolchado en cajones trabaja con tiras de tela entre capas, así el relleno tiene más espacio para esponjarse y abriga más. Los rombos y las ondas son variantes que fijan bien el relleno y, de paso, resultan muy atractivas a la vista.
Se rellenan con plumón, plumas, lana, algodón o fibras sintéticas. Cuál elegir depende de cuánto calor necesitas y del cuidado que quieras dedicarle. Muchos edredones acolchados son tan bonitos que podrías usarlos sin funda, por ejemplo como manta ligera en la cama de invitados. Pruébalo: un modelo pespunteado en verde salvia o crudo, echado con naturalidad sobre una sábana blanca, parece sacado de una casa de campo nórdica.
El precio depende del tipo de acolchado y del material de relleno. La confección en cajones es más laboriosa y, por tanto, más cara que el cuadro sencillo. Los rellenos de plumón y lana están por encima de los sintéticos, y una funda de algodón fino aumenta la durabilidad y el coste.
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